Día tras día, nos bombardean por todos los medios posibles con información y críticas poco constructivas acerca de cómo deberíamos vestir, cómo deberíamos ser y qué cuerpo deberíamos tener. Hasta ahí no digo nada nuevo, pues el tema está tan manido que incluso llega a aburrir. Por lo que no voy a entrar en la moralidad de cómo debemos llevar nuestra vida para ser aceptados socialmente, ya que para eso existen mil y un artículos al respecto y el que no se haya enterado a estas alturas es porque no quiere.

En su lugar, quiero hablar y quejarme –sobre todo quejarme– de la gran hipocresía y el doble rasero que existe a la hora de criticar el físico de una persona. Partiendo de la base de que nadie debería tener autoridad para opinar sobre el look de los demás –porque para algo somos seres libres e independientes–, quiero centrarme en un caso curioso que ocurre según tun condición esté en un extremo o en el otro de lo que está socialmente establecido como normal. Antes, eso sí, advertir que hablaré de cuerpos y personas clínicamente sanos y saludables.

Toda mi vida he sido un chico delgado. Bastante delgado. No de aspecto enfermizo, pero sí una apariencia a la que le faltan algunos kilos para no ser llamativa visualmente. Repito, lo he sido toda mi vida. O, al menos, desde que tengo uso de razón. Y los últimos diez o doce años los he pasado escuchando continuamente una expresión, a priori inofensiva: Qué flaco estás. ¡A ver si comes más!”. Y claro, cuando te lo dicen una vez, te ríes. Cuando te lo dicen dos, te ríes un poco menos. A la tercera empieza a molestar y a la cuarta es cuando entras a dar contestaciones que igual no deberías dar, pero que surgen solas: ¿Que cojones sabrás tú lo que como o dejo de comer?”. Sin perdón por el taco. Porque, dicho sea de paso, ese comentario nunca aparece en mitad de una cena o un almuerzo donde estás demostrando que sí comes y la estupidez sería palpable, no. Siempre aparece en situaciones dónde la persona que critica no tiene la remota idea de cual es tu alimentación diaria. Ese comentario, supuestamente inofensivo, nunca viene de alguien cercano a ti que sí se hace una idea de lo que ingieres porque lo ha visto.

Lo curioso e hipócrita del asunto viene cuando, esa misma persona, jamás le diría a un amigo o familiar con sobrepeso “Qué gordo estás. ¡A ver si comes menos!“. ¿A que no? Por supuesto que no, porque sería de muy mal gusto. Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿Por qué a una persona flaca le podemos criticar su delgadez y a una persona gorda no podemos decirle que lo es?

Igual que hay personas con sobre peso que comen lo justo y les cuesta sudor y lágrimas bajar de peso, porque tienen un metabolismo lento con tendencia a acumular grasa, hay otras personas cuyo metabolismo está tan acelerado que todo lo que ingieren lo queman enseguida y les cuesta también sudor y lágrimas ganar peso. No por decirle a alguien “ponte a dieta” vas a conseguir que baje de peso y no por decirle “come más” va a subir de peso por arte de magia. Y, es más, ¿con qué autoridad moral se creen algunas personas para decirle a otras cómo deben ser? ¿Y si la chica gordita es feliz así porque le encanta comer y está sana? ¿Y si el chico flacucho tiene una dieta perfecta y le gusta su cuerpo?

Todo esto, ha surgido a raíz de un tweet que he leído en el que, junto a una foto en topless de la actriz Keira Knightley, alguien decía “Que alguien le de un bocadillo de mortadela a la chica, que no come na“. Si ya es cuestionable la información acerca de tu dieta que puedan tener conocidos y amigos a los que ves una vez al mes… ¿Cómo de cuestionable es un comentario hecho por alguien que no habrá compartido mesa con dicha actriz en toda su vida? Y comentarios como ese se hacen a diario a cualquier persona que sea mínimamente delgada, aunque tenga unos análisis de sangre perfectos y esté en forma. Otro ejemplo que me viene a la mente es el de Victoria Beckham. Una mujer a la que llevan más de diez años acusando de ser anoréxica, pese a haber tenido cuatro hijos y llevar un ritmo de vida que cualquier persona realmente enferma no aguantaría ni una semana. ¿Hasta qué punto llega la ignorancia de la gente? ¿Y si esas personas tienen un trastorno alimenticio real? ¿Nadie piensa en eso? Comentarios tan inocentes que hacen algunos para que los demás luzcan como ellos quisieran, pueden conseguir que personas que sufren problemas los intensifiquen.

Ahora está de moda criticar la delgadez extrema por culpa de enfermedades y trastornos como la anorexia. Y me parece genial que se creen organizaciones, se informe y se tomen decisiones para impedir que se imponga un canon de belleza (no el de la delgadez, sino cualquiera, todos los cánones son erróneos). Pero no hay que llevar las cosas al extremo y dar por hecho que una persona delgada es una persona que no se alimenta correctamente o, peor aún, es una persona enferma. Porque quizás hoy se lo digas a alguien como yo, al que las opiniones respecto a su físico le importan lo justo como para escribir esto y poco más, pero igual mañana se lo dirás a alguien que está a una sola gota de colmar su vaso de inseguridades y, sin saberlo, tu comentario provoque una desgracia. Y esto es aplicable a cualquier comentario, crítica, insulto o vejación que se te pueda pasar por la cabeza para atacar a otra persona, sea el motivo que sea. Piénsalo.