Desde hace algunos años, raro es el día en el que no oímos a alguien decir aquello de “Por culpa de internet, la gente ya no tiene vida real” o “Estamos tan enganchados a los móviles que se ha perdido eso de charlar tomando un café“. ¿Verdad? Lo dicen tanto aquellos que reniegan de las redes sociales como muchos de los que las usan a diario. Me atrevería a decir que nadie lo niega, porque en cierta medida es verdad. La tecnología ha provocado que se reduzcan las relaciones físicas entre las personas, las conversaciones cara a cara o incluso las sorpresas, porque vivimos en la era en la que todo se sabe y las noticias caducan a los cinco minutos de ocurrir. Pero… ¿Por qué nunca se observa desde la perspectiva opuesta?

Las relaciones sociales de la era digital han disminuido en calidad, pero han aumentado en cantidad.

Las redes sociales puede que hayan disminuido –en cierto modo– las relaciones personales en sí mismas; es decir, en persona. Pero también han conseguido que estemos más conectados, informados y relacionados que nunca. Jamás hemos estado tan unidos y entrelazados como en este momento que vivimos. Hace quince años, nos relacionábamos a diario con nuestro entorno familiar y/o laboral, mientras que las relaciones amistosas y sentimentales ocurrían solamente durante el fin de semana. Nos veíamos tres o cuatro horas un sábado por la tarde, nos contábamos lo más importante y nos despedíamos hasta después de varios días. Sí, nos mirábamos a los ojos, tomábamos café, nos tocábamos… Pero compartíamos muy poca información. De hecho dos personas que comenzaban una relación podían tardar meses en llegar a conocerse porque su contacto era intermitente y poco frecuente. En cambio, a día de hoy, esa conexión es continua y nunca se rompe salvo que una o ambas partes decidan hacerlo voluntariamente. Cuando tenemos interés en ello, estamos conectados las veinticuatro horas del día. Lo que hace quince años podría ocurrir en cinco o seis citas (un mes), ahora ocurre en apenas dos días; ya que el flujo de información es constante, aunque esta no se realice en persona. Hemos reducido la calidad –aparentemente–, pero hemos aumentado la cantidad.

Gracias a internet, tenemos relaciones personales de carácter internacional y nuestro círculo social carece de límites.

Otro claro ejemplo son las relaciones nacionales o internacionales que tenemos gracias a las redes sociales y servicios de mensajería. Ya no sólo estamos en continua conexión con nuestros amigos y familiares, sino que estamos constantemente intercambiando información con personas de todo el país e incluso de todo el mundo. Personas a las que, hace algunos años, no hubiéramos tenido la oportunidad de conocer de forma tan instantánea, sencilla y –todo hay que decirlo– barata. Hemos pasado de tener un círculo social cuyo radio se alargaba unos kilómetros más allá de nuestra ciudad, a conseguir que dicho círculo no exista porque abarca todo el planeta. Mientras le envías las fotos de la fiesta de anoche a tu novia que vive a seis manzanas, puedes estar esperando respuesta de un amigo de Londres y enviando un mensaje de audio con una melodía que se te acaba de ocurrir a tu productor que vive en Chicago; y, mientras tanto, te están enviando mensajes por Twitter tus amigos de Amsterdam porque ya han comprado las entradas para el Tomorrowland, Esa clase de actividad, quince años atrás, había tardado en realizarse varios días mientras que ahora lo has gestionado en cinco minutos. Sin mencionar que, de no ser por las redes sociales, seguramente ni sabrías que existe un festival llamado Tomorrowland ni tendrías amigos más allá de tu comunidad autónoma.

Cuando acabe la fiebre tecnológica seremos capaces de equilibrar nuestras relaciones sociales para conseguir que la calidad iguale la cantidad.

Lo que está claro es que sí, cuando llega la hora de ir a tomar un café estamos muy pendientes del teléfono. Pero eso no significa que la relación con la persona que tenemos delante la estemos descuidando. Quizás eso sólo implica que hablamos con esa persona tan a menudo que no tenemos tantas novedades que contarnos; que nos ponemos al día diariamente de nuestras vidas y no es necesaria una atención al 100% durante el encuentro; o, simplemente, que estamos aumentando nuestra calidad social al estar en contacto con distintas personas tanto física como virtualmente.

Y, a la larga, ¿en qué nos basamos para medir la calidad de nuestras relaciones? ¿En el tiempo que nos vemos cara a cara o en lo mucho/poco que conocemos a esa persona interiormente? ¿Las relaciones amistosas y sentimentales se rompen basándose en el tiempo o en los sentimientos y detalles que conocemos acerca de la otra persona? Está claro que lo importante es conocer a los que nos rodean, indistintamente del medio que usemos para ello.

Si hacemos balance, obtenemos que actualmente conocemos más a las personas con las que entablamos conexión, obtenemos una mayor corriente de información bidireccional y tenemos relaciones sociales con un número de personas mucho mayor. Por lo tanto, aunque el contacto físico y visual no sea tan frecuente, las relaciones son de mayor calidad. Y eso me lleva a pensar que, actualmente, nuestras relaciones personales están viviendo un momento histórico que seguramente llegará a rozar la perfección cuando se pase “la novedad tecnológica” y tengamos las herramientas suficientes para combinar las relaciones físicas y las digitales, obteniendo así los mejores resultados.