En psicología , el término polarización hace referencia a cuando un individuo no es capaz de tener un nivel equilibrado en sus emociones y sentimientos, provocando que todo aquello que ocurre lo polariza hacia al extremo positivo (algo muy bueno) o hacia el negativo (algo muy malo), obviando los términos medios (bueno, correcto, neutral, regular, mejorable, malo, etc.)

 

Llevo un tiempo preguntándome qué ha ocurrido con el terreno neutral. Ese lugar en el que uno podía posicionarse cuando no estaba seguro de qué opinión le suscitaba un determinado asunto, o bien cuando la opinión propia era tan abierta que dicho sitio era el idóneo. Es decir, ¿por qué ya no podemos elegir alguna variante de color gris? ¿Por qué la sociedad nos obliga a elegir siempre entre blanco y negro? ¿O entre azul o dorado? Aunque suene a chiste, es la realidad. Y no, este no es otro artículo comentando el dichoso vestido; pero sí es cierto que una tontería como esa ha probado, una vez más, que el mundo se ha polarizado. O lo ves blanco y dorado, o lo ves azul y negro. Si lo ves marrón y gris tu opinión no cuenta y si lo ves gris y celeste tampoco tienes razón. Estás obligado a posicionarte en un extremo o en el contrario.

Pero, dejando atrás el famoso vestido, quiero centrarme en algo que sí es importante y relevante: las opiniones. ¿Dónde ha quedado el término medio? El poder comentar algo sin tener que alabarlo como si fuera lo más grande jamás dicho o visto; o sin tener que desmerecerlo cual caca de perro en el bordillo de una acera. Hemos llegado a un punto en el que ser neutral es semejado a no tener opinión. Si te quedas con un tono de gris, es que en verdad no sabes de qué va la historia o eres un ignorante, porque lo normal (lo que se ha vuelto normal) es posicionarse en uno de los dos extremos. Lo amas o lo odias. Blanco o negro. Izquierda o derecha. Facha o comunista. Azul o rojo. Lady Gaga o Madonna. Madrid o Barça. Malo o bueno. Dulce o salado. Y así podría llenar un libro entero.

Hemos llegado a un punto en el que ser neutral es semejado a no tener opinión.

A diario veo y leo a personas que critican lo que X partido político hace y cómo, automáticamente, son posicionadas a favor del partido opuesto. Si criticas al PP es que eres del PSOE. Si criticas a Podemos te conviertes en un ignorante que prefiere estar como estamos a día de hoy. Si no te gusta Pedro Sánchez es que votarás a Mariano Rajoy. Y, si los criticas a todos, te tachan de chaquetero y te obligan a posicionarte a favor de alguno porque si no votas eres un mal ciudadano. Una vez más, se polariza la situación y no apoyar a un sector en concreto implica que vas a votar al contrario o que directamente no votarás, porque a los ojos de la gente no existen más opciones que los extremos indicados.

En otros temas más banales ocurre lo mismo. Cuando criticas una película de cine español, siempre hay alguien que se ofende porque da por hecho que odias todo el cine hecho en España. Si dices que Lady Gaga está vendiendo menos, alguien te responderá “pues vende más que Madonna” porque dará por hecho que criticas a una por idolatrar a la otra. Si te gusta un chico rubio de ojos azules, créeme que te criticarán y te llamarán superficial, aunque no sepan que tu ex es bajito, pelirrojo y con barriga. Si eres delgada es porque no comes y si eres gordo, dan por hecho que te atiborras a bollos. La sociedad parece haberse empeñado en que no podamos tener una opinión y gustos variados, que abarquen toda una gama de colores. Nos obliga a sectarizarnos, a seguir unos patrones y a polarizarnos como seres humanos en base a unos extremos que ignoran todo aquello que transcurre entre ambos. Cada vez tenemos menos permitido tener una personalidad abierta a posibilidades y distintos grados de opinión.

Exigimos tal perfección a las cosas que, cuando algo no la roza, ya nos parece un desastre descomunal.

Luego tenemos el caso de la polarización en busca de la perfección. En esa manía con engrandecer aquello que nos gusta y en hundir todo lo que no. Acostumbrados a altas expectativas, exigimos tal perfección a las cosas que, cuando algo no la roza, ya nos parece un desastre descomunal. Desde la nueva canción de un artista conocido hasta la película que vimos ayer en el cine, pasando por el videoclip de aquella muchacha con bajo presupuesto o la actuación de aquella otra que se dejó millones por el camino. Cuanto más nos dan, más queremos y, cuando no recibimos lo que satisface nuestras expectativas, tiramos por el suelo y pisoteamos el trabajo de personas que, como nosotros, no son perfectas. Todos leemos opiniones a diario diciendo que algo es una mierda, porque no gusta o que algo es una auténtica pasada, porque sí gusta. Y la más que probable realidad es que ni lo que no ha gustado sea tan malo, ni lo que sí ha gustado sea tan bueno. Se ha perdido la capacidad de dar una opinión neutral, indicando que algo puede no ser del gusto de uno pero que está bien hecho. O que algo nos encanta aunque evidentemente no es nada del otro mundo. Pero el problema real no es ese, el problema llega cuando personas de extremos opuestos se empeñan en convencer a la otra de que no tienen razón. ¿Desde cuando los gustos son correctos o incorrectos?

Y este problema no tendría importancia si dicha polarización no se extendiera hacia nuestras relaciones sociales, familiares y sentimentales. Al polarizar todo lo que vivimos, también conseguimos que nuestras vivencias y experiencias se sitúen en esos extremos tan poco recomendables. Amamos locamente a alguien que acabamos de conocer y odiamos en cuanto ocurre algo contrario a lo que esperábamos, aunque no sea para tanto. También juzgamos a las personas de forma extremista, como si fueran seres antinaturales que un día son perfectos y al día siguiente se les critica hasta por el más mínimo detalle negativo o equivocación. Discutimos por tonterías insustanciales sólo por no aceptar que la otra persona puede no estar en nuestro extremo polarizado. Y rara vez hacemos algo por abrir un poco el campo de visión y tratar de acercarnos los unos a los otros, en ese punto intermedio tan sano: la neutralidad.